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Diario del impostor (Novela castellano)Diario del impostor (Novela castellano)

On 24, Sep 2014 | No Comments | In | By Héctor Carré

Diario del impostor (Novela castellano)

De que va esta historia

Cuando alguien te pregunta en que trabajas espera una respuesta razonable, o por mejor decir, previsible. Espera escuchar algo como soy funcionario del ayuntamiento, soy abogado, trabajo para una compañía de seguros, doy clase en la universidad, estoy de becario en una agencia, etc. Cualquier respuesta sirve, no digo que la gente sea maniática, ni quiero denunciar una persecución social en contra de los miembros de nuestro gremio. Todo lo contrario, pero cuando escuchan como respuesta que diriges películas, y ellos no pertenecen al mundo de la farándula, normalmente quedan desconcertados.

ADiario del impostor comp menudo, el desconcierto va seguido de recelo ante una situación embarazosa, a veces porque piensan, muy erradamente, que todos los  directores de cine pertenecen a una clase social superior que vive en un mundo de lujo regalado, otras porque recuerdan alguna inquietud artística personal abandonada por el paso de los años o, simplemente, porque creen estar delante de un mentiroso. Además, como las ideas de la audiencia sobre la fabricación de películas están muy influenciadas por la mercadotecnia y, por tanto, están un poco desvirtuadas, por no utilizar adjetivos más precisos, después de vencer la primera desconfianza, casi siempre hay que pasarse la noche desmintiendo lo que el interlocutor piensa, provocándole así un desasosiego del que hacen responsable a su compañero de charla, probablemente con razón, porque también podría uno callar y dejar que la gente piense lo que le de la real gana.  Quizás lo que ocurre es que soy un poco tonto y siempre intento decir la verdad.

Quizás sea una exageración, pero  muchas veces me sentí incómodo al decir que dirigía películas, o incluso al decir que trabajaba en el cine, por eso empecé a contestar que era programador de ordenadores, en vez de decir la verdad. Esa respuesta resultó eficaz en la mayoría de los casos, eximiéndome de contradecir las ideas de las buenas gentes y de provocar líos que nunca busqué, aunque en alguna ocasión que ahora no viene al caso precisar, llegó a provocarme algunas complicaciones relacionadas con el hecho de haber mentido.

Fue así como por primera vez pensé en lo que podría ocurrir en el caso contrario. ¿Qué pasaría si un programador de ordenadores dijese que es director de cine?

La respuesta es Diario del impostor. Al plantearme la pregunta comprendí inmediatamente que me encontraba delante de una historia interesante. El diario me permitiría contar la público, de una vez por todas, la verdad de cómo se hace una película, un proceso muy apartado de la imagen glamorosa que ofrecen los medios de comunicación.

Esa posibilidad de acercarme a la realidad del cine desde el punto de vista de un neófito, viendo el proceso con los ojos de un espectador normal, era una oportunidad que no podía desaprovechar. Era una ocasión para descubrir los secretos que se esconden detrás de la fabricación de una película y, si se me permite decirlo, una forma de resolver futuros encuentros con una simple recomendación editorial, que podría reportar grandes beneficios intelectuales a mi interlocutor, y por fin, ahora si, una vida regalada para mi, a consecuencia de las ventas de la obra.

Como la historia incluye una suplantación, me acercaba de forma natural a la comedia, un vehículo apropiado para quitarle trascendencia a nuestro irreal mundo laboral, siempre empeñado en convertir los sueños en realidad. Para mi sorpresa, durante el proceso de escritura me di cuenta de que el protagonista, muy lejos de ser un sujeto improbable, se convertía en una metáfora del artista verdadero, que siempre busca a ciegas en un territorio incierto, peligroso y lleno de trampas.

Poco a poco me fui dando cuenta de que pese a su estilo irónico, toda la novela giraba, en su aspecto filosófico, en torno a un tema que ocupa mis pensamientos personales desde hace muchos años. Además de una obra de  entretenimiento y divulgación para que los aficionados al cine puedan conocer sus interioridades desde un punto de vista inédito, diario del impostor pretende ser una reflexión sobre la autenticidad y el valor de la obra de arte, que por su naturaleza subjetiva es, muchas veces, fruto de la arbitrariedad, la suerte, la moda, la capacidad de adaptación, o la habilidad del autor para fingir y representar dignamente el personaje de  artista, aunque interiormente sepa, como lo sabemos todos, que sólo se trata de un impostor.

Sinopsis

Onofre García es uno de esos  tipos que, pese a  haber cumplido los treinta años, pretende estirar indefinidamente su post-adolescencia. Trabaja en una empresa de informática y carece de problemas graves. Sin embargo sueña con una vida diferente. Piensa en lo divertidas que serán las existencias de los deportistas de elite y de los artistas. Como la mayoría de la gente se imagina esas vidas, como una sucesión de diversiones y momentos de gloria.

Un día, de forma casual y sólo para darse pisto ante  una joven de muy buen ver, afirma ser director de cine y lo que debería permanecer como una inocente fanfarronada sin trascendencia, se transforma en el incidente provocador de un cambio trascendental en su vida, porque  María Leman, la joven ante la que Onofre alardea de ser cineasta, resulta ser la hija de un importante financiero multimillonario, que acaba de comprar una productora de cine.

A partir de ese momento Onofre se ve envuelto en un torbellino al ser solicitados sus servicios para  dirigir un largometraje producido por la empresa de María. Para ello se ve obligado a aprender a marchas forzadas a enfrentarse, sin descubrir su desorientación y angustia, a productores ejecutivos, guionistas, ayudantes de dirección, directores de fotografía, actores, montadores, músicos, etc

Aunque a primera vista el empeño de Onofre pueda parecer imposible para quienes desconocen el mundo del cine, no se trata de una historia descabellada. Un director con el que trabajé, siempre decía que para convertirse en director de cine bastaba con convencer de la propia valía a una sola  persona, el productor.

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